La verdadera revolución está en un cambio de mentalidad
En los últimos meses he escuchado varias voces colombianas influyentes que hoy marcan la agenda local y mundial porque entendieron que la disrupción tecnológica no era una amenaza, sino un camino para resolver problemas reales de la gente. Y al mismo tiempo, esas voces de David Vélez, Simón Borrego y Fredy Vega coinciden en señalar lo mismo: en Colombia aún tenemos un déficit de growth mindset, es decir, de mentalidad de crecimiento.
La psicóloga Carol Dweck (2006) define esta mentalidad como la creencia de que nuestras habilidades e inteligencia pueden desarrollarse con esfuerzo, práctica y aprendizaje continuo. Quienes la adoptan abrazan los desafíos, persisten en la dificultad, aprenden de sus errores y encuentran inspiración en los logros de otros.
En una columna anterior hablé sobre la política de mendicidad centralista y la incapacidad de nuestra dirigencia —y también de la sociedad en general— para reconocer nuestra riqueza cultural, geográfica y biodiversa. Ese lastre colonialista y patrimonialista nos mantiene con la mirada hacia abajo, sin la expectativa de romper ese techo de cristal, reduciéndonos a meros espectadores del tiempo: comer, dormir, morir… mientras desaprovechamos el universo de posibilidades que nos brinda la tecnología.
Pero debo admitir que no siempre ha sido así. Recuerdo muy bien a mis abuelos, familias numerosas con más de diez hijos, que lograron sacarles adelante con la convicción de que en “la capital” encontrarían un futuro, que allí “serían alguien”. Sus trabajos estaban alejados de los sectores estratégicos de la economía, pero su empeño contenía una verdadera mentalidad de crecimiento. Una versión distinta a la propuesta anglosajona: nacida en contextos adversos, atravesada por desigualdades que hoy apenas podemos imaginar —y de las que, en cierta medida, hemos salido parcialmente. ¡Gracias a Dios!
El growth mindset en Colombia se ha vivido, entonces, en dos dimensiones. Para algunos, se cultiva en hogares privilegiados donde la educación y la movilidad social casi se dan por sentado. Para otros, se forja en medio de desigualdades y entornos que obligan a aprender a sobrevivir antes que a crecer. En este segundo escenario, la resiliencia, la adaptación al riesgo y el manejo del miedo se convirtieron en armas esenciales. Es un tipo de mentalidad de crecimiento que nació del horror de la guerra, el narcotráfico y la desigualdad.
Coincido en que el desafío principal es dejar atrás la mentalidad del pasado para abrirnos a una de crecimiento y desarrollo que genere valor y riqueza. Y no es un asunto menor porque si deseamos cerrar brechas, generar oportunidades, mejorar el ingreso y alcanzar bienestar como sociedad, necesitamos crear riqueza. Y quienes hoy en Colombia promueven con mayor fuerza esta mentalidad de crecimiento son actores del sector fintech, quienes demuestran con cifras un ritmo vertiginoso de crecimiento, y se han consolidado como un motor clave de innovación y transparencia económica.
Solo entre 2017 y 2024, las empresas fintech se multiplicaron un 387% acumulado, pasando de 70 a 394 startups locales. Sus ingresos se triplicaron desde 2021, alcanzando aproximadamente 10,5 billones de pesos en 2024, y se proyectan entre 12,6 y 14,7 billones de pesos para 2025. Las transacciones digitales sumaron un volumen estimado de 84 billones de pesos en 2024, beneficiando al 76% de los colombianos. Este aporte en billones de pesos no solo fortalece la economía: ¡promueve riqueza y combate la opacidad!
Nuestra historia colectiva muestra que Colombia sí ha tenido growth mindset, pero uno condicionado por la supervivencia y no por la prosperidad. El gran reto de nuestra generación es transformar esa fuerza resiliente en mentalidad creadora: pasar de aprender a sobrevivir, a aprender a innovar y construir para generar riqueza.
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