La educación no es izquierda ni derecha: Es el motor del ingreso, la autonomía y el desarrollo
Mn Colombia hemos cometido un error costoso: convertir la educación en un campo de batalla ideológico. La izquierda la defiende como bandera moral; la derecha la reduce a eficiencia; y en el medio, la realidad se deteriora sin pedir permiso. Mientras discutimos quién tiene la razón, el país pierde tiempo —y el tiempo, hoy, es el recurso más escaso.
En un nuevo episodio de Colombia con Perrenque conversé con Germán Barragán, un viejo amigo y uno de los cerebros que ayudó a convertir en realidad una idea que muchos vieron como utopía: la Agencia Distrital Atenea. Esa “agencia de papel” terminó consolidándose como un instrumento público de largo aliento para ampliar el acceso y la permanencia en educación superior. Y esa historia —la de pasar de un documento a una institución que resiste gobiernos— es, quizá, una metáfora de lo que Colombia necesita: menos discurso y más instrumentos que muevan la aguja.
Germán lo dijo con una claridad incómoda: en una ciudad como Bogotá se gradúan más de 70.000 jóvenes por año. Diseñar política pública para “100 beneficiarios” puede ser transformador para esas 100 vidas, pero es insuficiente para la magnitud del reto. La política educativa debe pensarse con denominador real, con escala, con horizonte. Si no, solo nos queda la foto y el evento.
Pero el debate no puede quedarse en Bogotá. La capital tiene avances —en parte por inversión sostenida—, mientras la periferia arrastra saldos enormes desde educación inicial hasta postmedia. Ahí es donde el país se parte: no por ideología, sino por desigualdad estructural.
Tres agendas que chocan al mismo tiempo
De la conversación con Germán me quedó un mapa mental que debería estar pegado en la oficina de cualquier gobernante:
Estas tres agendas se cruzan, se estorban y se potencian. Si no las entendemos juntas, seguiremos tomando decisiones parciales.
El problema no es izquierda o derecha: es la mediocridad
En el episodio, Germán lanzó una frase que debería incomodar a ambos extremos: “el problema no es izquierda o derecha; el problema es la mediocridad”. Mediocres que hablan bonito, venden humo, capturan instituciones y frenan reformas. Mediocres que convierten la educación en fortín político. Y en el camino, dejan sola a la gente técnica y rigurosa que sí podría empujar cambios.
Esta idea no niega la necesidad de debate: necesitamos miradas de izquierda para entender la educación como derecho, como inclusión, como respuesta situada a contextos locales. Y necesitamos miradas de derecha para evaluar resultados, exigir calidad, evitar que la educación se vuelva un sistema que gasta sin aprender. Lo que no podemos seguir tolerando es que ambos lados se llenen de charlatanes.
Más plata… sí, pero con evidencia y capacidad técnica
Se habló de financiación: Colombia invierte alrededor de 4% del PIB en educación; la referencia internacional suele apuntar al 6%. Pero la conversación más seria no es solo “póngale más”. Es esta:
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Con la plata actual podríamos lograr mucho más si se usara mejor.
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Aun así, sí necesitamos más recursos, especialmente para urgencias críticas.
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Pero si aumentamos presupuesto sin mejorar ejecución, capacidad técnica y enfoque de aprendizaje, no alcanzará nunca, porque estaríamos ampliando el tamaño del desperdicio.
Y aquí aparece un punto clave: la educación necesita una visión técnica basada en evidencia, capaz de superar dos trampas:
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la trampa doctrinaria (adoctrinar desde el Estado o desde cualquier lado), y
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la trampa de las “soluciones mágicas” (tecnología por moda, pantallas sin pedagogía, programas exprés que prometen lo que no pueden cumplir).
El centro no debería ser el ego del gobernante ni el dogma del partido. El centro debe ser una pregunta sencilla: ¿están aprendiendo las personas lo que necesitan para ejercer su libertad, mejorar sus ingresos y construir un proyecto de vida?
Instituciones que perduren, no programas que mueran
La experiencia de Atenea deja otra lección: cuando una política se vuelve instrumento institucional con propósito claro, puede resistir cambios de administración. Ese es el tipo de “patrimonio público” que Colombia necesita para cerrar brechas, especialmente fuera de las grandes capitales.
Y acá cierro con una idea que, para mí, resume el episodio: la educación no es un sector más; es el motor del ingreso, la autonomía y el desarrollo del país. Si no la sacamos de la pelea ideológica y la llevamos al terreno de la evidencia, la técnica y la escala, seguiremos condenando generaciones enteras a sobrevivir en vez de prosperar.
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