Jóvenes «Sin Convovar»: El talento que colombia está dejando en la banca

Colombia es un país futbolero. Nos sabemos las alineaciones de memoria, discutimos el 4-3-3 como si fuera política pública y celebramos cuando “convocan” al que merece estar. Pero en la vida real —en la Colombia de los barrios, las localidades y las regiones— hay un equipo entero que seguimos dejando en la banca: cientos de miles de jóvenes con talento, con hambre de futuro, pero sin rutas claras para llegar a la educación y al empleo.

Hace unos días participé en el podcast Colombia con Perrenque conversando con Camilo Franco, director de GOING Bogotá (una iniciativa global de impacto colectivo que articula actores públicos, privados, sociales y juveniles). De esa conversación me quedó resonando una metáfora tan simple como potente: “jóvenes sin convocar”. Camilo lo planteó así: ¿qué habría pasado si Colombia nunca hubiera convocado a Lucho Díaz, a James o a Falcao? Nos habríamos perdido el potencial. Pues eso mismo está pasando con miles de jóvenes: existen, pero el país no los está llamando a la cancha de las oportunidades.

Y no se trata solo de voluntad individual. Hay un componente estructural que solemos ignorar: donde la narrativa es desconfianza, la política se vuelve castigo y el mercado se vuelve exclusión. Si el empresario mira al joven como riesgo, si el Estado lo mira como problema y si la sociedad lo mira como sospecha, la ecuación está destinada al fracaso. Construir confianza no es poesía: es productividad, cohesión y estabilidad.

En Bogotá, los datos recientes que discutimos muestran luces y sombras. Por un lado, la población joven se está reduciendo: entre 2019 y 2024 cayó cerca de 5%. Pero hay un dato esperanzador: el número de “jóvenes con potencial” (jóvenes desconectados de educación y empleo formal) se redujo cerca de 30% en esos mismos años. Algo está funcionando. Sin embargo, el tamaño del desafío sigue siendo enorme: aproximadamente 520.000 jóvenes con potencial, cerca del 28,4% de una población joven de 1,8 millones.

Cuando se hace zoom, aparece el cuello de botella que define el destino de miles: el tránsito de la educación media a la postmedia. Aun con mejoras, el salto inmediato está alrededor del 52% (subió desde 46% en 2019), lo que significa que la mitad se queda en el camino. Y, además, cerca del 57% de los jóvenes con potencial solo alcanzó educación media. En un mercado que exige mayor cualificación, esa brecha no es marginal: es el corazón del problema.

Pero quizás la lección más importante de la conversación con GOING no fue un indicador, sino un enfoque: el territorio. No podemos seguir creyendo que Bogotá se entiende desde un tablero central. Suba no es “un punto en el mapa”: tiene más de un millón de habitantes. Ciudad Bolívar no es una nota al pie: es una ciudad dentro de la ciudad. La política juvenil fracasa cuando ignora lo local: la distancia a un centro de formación, el costo del transporte, la inseguridad, la salud mental, la ausencia de información real y confiable.

Por eso me pareció clave una apuesta que merece replicarse: Goen Connecta, una plataforma que busca organizar oportunidades (formación, empleo y servicios) por cercanía territorial, para que un joven pueda ver qué existe en su localidad y no en un folleto institucional que nunca llega. En paralelo, GOING no pretende “reemplazar” a los actores del barrio; busca fortalecerlos: organizaciones de base, casas de juventud, colectivos culturales y deportivos que sí tienen llegada, sí tienen confianza, sí saben hablar el lenguaje del territorio. Eso, en política pública, es oro.

El modelo también plantea una idea que en Colombia nos cuesta: trabajar sin protagonismos. GOING articula cerca de 100 actores y cuenta con una gobernanza robusta: un comité directivo con organizaciones de gran capacidad, y algo aún más relevante: un grupo asesor juvenil que no está de adorno. Porque no se puede diseñar el futuro de los jóvenes sin los jóvenes sentados en la mesa.

Además, hay apuestas concretas por sectores con demanda real:

  • “Quiero ser digital”, un esquema de formación y colocación laboral con enfoque de pago por resultados, que busca rutas cortas (6 a 9 meses) para conectar jóvenes con empleos formales en el sector tecnológico y dejar capacidad instalada en el ecosistema.

  • Empleos verdes, una ruta emergente que requiere pedagogía urgente: empleo verde no es solo “sembrar árboles”; es energía, construcción sostenible, saneamiento, turismo, alimentos, transición productiva.

Todo esto confirma algo que vengo diciendo hace tiempo: la movilidad social no se decreta; se diseña y se ejecuta con método. Y, sobre todo, con una narrativa distinta: pasar del “joven problema” al joven con potencial.

Cierro con una idea que vale como brújula nacional: Colombia no puede darse el lujo de seguir dejando talento en la banca. Convocar jóvenes no es un favor: es una inversión. Es desarrollo. Es paz real. Es futuro.

post comments